viernes, 29 de mayo de 2015

Quédate un poco más.

Por Neblina Llameante
Una mierda, una total mierda. El asco de vida que manejaba era solo comparable con ello. Se convenció, se juró que saldría adelante y se deshizo de los fragmentos de su roto pasado. Se dispuso a dejar de lado todo tipo de dolor y volver a empezar. Ser el hombre bueno que siempre quiso y con su esfuerzo lograr al menos una parte de lo que una vez soñó. Abandonó la mayoría de sus memorias en un arrebato de euforia, intentando olvidar lo que lo frenaba, hasta si eso incluía que se olvidara de sí mismo. Se obligó a avanzar, a verlo todo de forma positiva e innovadora, queriendo creerse esa idea barata de que somos invencibles. Puede que durante un tiempo haya caído en el juego, pero el destino se encargó de recordarle lo que era su vida, una total mierda.
Ahora, tomando su décimo cigarrillo de la noche, al lado de una botella de brandy medio vacía, en una silla polvorienta ubicada en un cuartucho de hotel que alquiló con lo último que le quedaba, miró a la sucia ventana esperando al único pequeño placer que estaba dispuesto a tener antes de arrebatarse la vida.
La decisión no fue fácil, por un momento quiso descartar esa idea pensando en lo que dejaría detrás, pero grande fue su sorpresa al darse cuenta de que no le quedaba nada.
Éste mundo, con o sin su cuerpo pudriéndose ya sea en vida o bajo tierra, sería el mismo. Nadie lo esperaba en el departamento hipotecado, ni en el empleo que acababa de perder; tampoco en la antigua casa de sus padres o la vieja taberna donde trabajaba su ex novia. Simplemente, parecía que el mundo junto con todos los que alguna vez lo conocieron se hubieran preparado para su ida, cortando los lazos que tanto le había costado forjar, haciendo añicos su trabajo de años y absorbiendo cada gota de valor en él para dejarlo vacío e inservible, listo para el camión de basura que pasaba en la madrugada.
Un toque quedo a la puerta lo sacó de su letargo. Apagó el cigarrillo presionándolo contra su pantalón, dejando una quemadura en éste. Ya no importaba en realidad, por eso había hecho ese gesto que encontraba tan estúpido pero varonil, uno de sus pequeños placeres reservados para cuando ya no hay marcha atrás.
Se puso de pie y caminó al otro extremo del cuarto, al abrir la puerta se encontró con la culminación de sus placeres. Aquella persona que había ocupado espacio en sus sueños más oscuros dejándolo con un excitante sabor de boca. Que había visto dando la vuelta con pantalones de mezclilla súper ajustados y una playera que dejaba ver todo su torso marcado. Que le había guiñado un ojo la primera vez que lo vio y desde entonces no pasaba un día que no pensara en el intenso color negro de su cabello y sus ojos de tono azulino.
Y finalmente, la persona que había elegido para que lo acompañara antes de morir.
Sabía que, si le daba un buen precio, aceptaría quedarse a su lado tiempo suficiente para que ese azul cielo en su mirada fuera lo último que se llevara consigo. Había pasado tantos dolores en vida que la muerte le parecía la más bella de las poesías, por lo que sabía que en sus últimos momentos no la pasaría en incertidumbre. Moriría y ya, adiós a aquella vida que en realidad jamás le pareció tal, hola a la muerte con la que había soñado desde que nació.
Se perdió un momento más en aquellos ojos, acto seguido le indicó que pasara con un gesto de mano.
El aludido dio unos pasos inseguros hacia adentro, observando a su alrededor. Es cierto que aceptaba a cualquier cliente que ofreciera un buen precio por sus servicios, después de todo su cuerpo era de buen ver, con músculos marcados, piel de color crema y cabello negro con tonos azulinos cuando lo sorprendía un rayo de luz.
Pero los clientes, a pesar de que sólo venían por un polvo, gustaban de ir a los hoteles del centro de la ciudad, donde en la noche eras bañado por la luz de las tiendas y en las madrugadas por los casinos que nunca cerraban. El bullicio general y las buenas de las recepcionistas te permitían tener sexo en su modo más salvaje, gritando o arañando las paredes, sin necesidad de reprimirse porque eras canalizado a los cuartos más apartados, no por ello menos confortables.
En cambio, éste hombre lo había traído a un hotel de paso a la carretera que sale de la ciudad, tan patético por dentro y por fuera que seguramente no tenían clientes en meses. La recepcionista, una mujer de unos sesenta años, le había preguntado emocionada si venía a hospedarse, y aun cuando le dijo que buscaba al que resultó ser el único inquilino del lugar, no dejó de ofrecerle servicios que iban desde alimentos hasta lavandería.
Un mal presentimiento le recorrió el cuello. ¿Si ese hombre pensaba secuestrarlo? La anciana recepcionista no podría ayudarlo contra aquel sujeto, mucho menos ir a tiempo por auxilio. Pensó en un método de escape mientras se daba la vuelta para contemplar al tiempo que el hombre cerraba la puerta. Pareció adivinar el significado de su mirada.
_No te preocupes, no te haré daño.
Su voz era áspera pero confortable, sus manos gruesas y varoniles mientras encendía un cigarrillo.Aquella barba sin cortar se veía atractiva debido a sus rasgos firmes, sus ojos de un café profundo, al igual que su cabello rizado, lo observaron de arriba a abajo evaluadoramente. Sintió un escalofrío recorriéndolo, un calor intenso posándose por donde su mirada pasaba, aquellos ojos parecían hacerle el amor sin necesidad de tocarlo.
Cuando su mirada al fin alcanzó sus ojos pudo notar tristeza debajo de todo aquel deseo que inundaba la habitación. Quiso saber la causa, pero desgraciadamente él no estaba aquí para eso.
_¿Cuánto tiempo?- preguntó queriendo sonar casual, pero su voz se quebró al último momento haciendo notar su nerviosismo.
Por su parte cuando vio aquella criatura, vestida con pantalones de mezclilla entallados y camisa dos tallas más chica de lo que debía, acompañada de una gorra roja que cubría la mata de cabellos que moría por agarrar entre sus manos, no pudo evitar sentirse levemente enternecido. Un rubor se había colado por sus mejillas, lo cual incrementó su fuego interno y apagó la poca cordura que mantenía.
_Toda la noche- contestó.
Toda la noche. Un escalofrío recorrió su columna mientras pensaba en el mundo de posibilidades que se escondían en esas palabras. Cuando sintió el calor intensificándose en sus mejillas se quitó la gorra, en un intento de distraerlo con los movimientos casuales que realizaba con ésta, pasándola de aquí para ya mientras evaluaba su situación.
-Quiero ver el dinero.
El sujeto abrió levemente los ojos, sorprendido por su valentía. Pasó el cigarrillo a su mano izquierda mientras que con la derecha buscó en el bolsillo de su pantalón. Extrajo un fajo de billetes y los arrojó contra la mesita que había junto a la cama. El ojiazul observó sorprendido la cantidad de dinero y tragó saliva. Muchas veces pagaban de más por el sufrimiento que causarían en su persona. Era un riesgo que no se podía evitar, dejar escapar un cliente podía costarte la comida del día, y negarte a sus peticiones sádicas solo te volvía más vulnerable. Un ojo morado y una buena cantidad de moretones en su cuerpo fueron la consecuencia de su última experiencia de ese tipo. No quería volver a repetirla.
_Te lo puedes quedar todo, no lo necesitaré más.- dijo aquel hombre mientras daba una última calada a su cigarrillo y lo apagaba utilizando el pantalón. -El trato es éste, te quedarás conmigo toda la noche. Te irás antes de que amanezca después de inyectarme eso- señaló un frasco con una aguja al lado- y si te preguntan tú no hiciste nada, ¿de acuerdo?
_...¿De qué estás hablando?- ¿Acaso pensaba suicidarse?
-Lo que piensas, seguramente, así que por favor deja de hacer preguntas, no estás aquí para eso.
Antes de que pudiera decir algo el castaño se arrojó sobre él, tirándolo a la cama mugrienta, presionándolo contra el colchón mientras comenzaba a masajear levemente su pecho.
El pelinegro pudo notar debido a su experiencia, que aunque el hombre había tomado la iniciativa estaba temblando debido a los nervios. Se dejó hacer mientras reflexionaba, tratando a la vez de reprimir sus gemidos; pues ese toque se sentía como una primera vez, mucho mejor de lo que esperaba.
Ese castaño iba a suicidarse, le pagaría por inyectarle la muerte en sus venas, por pasar con él la última noche. Probablemente no tenía a nadie y estaba tan solo como él en toda su vida. Tal vez no había una mujer esperándolo para la cena, como creyó en un inicio al ver el lugar tan apartado en el que lo esperaba. Puede que llevara días vagando de un lado a otro, pues había ropa botada por todos lados, mientras la maleta yacía arrumbada en un rincón.
No pudo fijarse más pues un escalofrío viajó por su columna vertebral, sacándole un gemido que había estado reprimiendo. El castaño había comenzado a besar y lamer su cuello, mientras sus manos acababan de desabrochar el último botón de su camisa y empezaba el trabajo en sus pezones.
Su juicio empezó a nublarse, no era común después de tantos clientes tener tantas sensaciones como él ahora mismo. Aquellas manos eran fuertes y firmes, pero lo tocaban con delicadeza y cariño. Como si fuera un cristal fácil de romper, o un algodón que se pudiera deformar.
En el fondo lo agradeció. Pasó por tantas manos llenas de lujuria y perversión, empezando con las de su mismo padre, que lo tomaban como un muñeco de trapo al que no le ocurre nada si se te cae por accidente, o lo azotas contra la pared, o haces añicos botellas de vidrio sobre su cuerpo.
No podía quejarse, al menos ahora le pagaban por ese maltrato, pero durante mucho tiempo lamentó el azul intenso de sus ojos, y esa piel pálida y frágil que no le permitía esconder los moretones que la adornaban.
Tuvo un impulso repentino, una manera de agradecer a ese hombre sobre él, de una manera que posiblemente ni el castaño entendería. Era la primera vez que lo trataban como algo más que un juguete sexual y por alguna razón quería que se llenara de significado.
Tomó a otro por las mejillas, interrumpiendo su elaborado trabajo en el pecho del pelinegro, y posó sus labios suavemente en los del otro, tomándolo por sorpresa.
El castaño no cabía en sí de la impresión, aún cuando saboreaba el dulce sabor ajeno. Es sabido que aquellos que venden su cuerpo no permiten que se les bese en los labios, pero el ojiazul lo hizo por cuenta propia. Por un momento se cuestionó el qué hacer a continuación, pero pronto poco importó, porque lo que empezó con un simple toque mandó descargas eléctricas a ambos, rompiendo la barrera de lo racional y dejándolos jadeantes pidiendo más.
Sus lenguas abrieron paso en sus bocas mientras se dejaban llevar por el contacto, las manos de ambos comenzaron una lenta exploración, primero por sus rostros, rozando sus cuellos con la yema de los dedos, para continuar con los torsos marcados y las caderas firmes. El pelinegro no pudo continuar, pues tuvo la necesidad de agarrar firmemente el colchón conforme los toques iban subiendo de tono. El castaño, por su parte, comenzaba a sentir los escalofríos de placer que recorrían su cuerpo por primera vez en mucho tiempo. Sentía esa piel suave bajo su estómago y en sus manos, esos pequeños jadeos entre besos de su acompañante, el calor que todo su cuerpo desprendía y ese leve sonrojo que llenaba sus mejillas.
Mientras, recordaba tantas veces que lo había visto en momentos fatídicos de su vida. La primera vez cuando madre había fallecido, la segunda cuando su padre lo corrió de la casa. La tercera se dio cuando su novia acababa de terminar con él y muchas más cuando se dirigía a su empleo temporal, donde las jornadas eran excesivas y el trabajo riguroso. Era una esquina concurrida para él en aquel barrio escondido entre casas de ricos, el único lugar que no estaba ocupado por señoritas de la vida galante. Cada vez que lo veía ahí era inevitable perderse en sus ojos, sus oscuros cabellos que el viento de septiembre revolvía sin compasión, la fina sonrisa que se formaba cuando sentía que nadie lo observaba.
Varias veces se la pasaba recordando el sonido de su risa en medio de la noche, la mirada que algunas veces lo atrapada in fraganti, que le hacía darse la vuelta presuroso y fingir que no había pasado nada.
En esas ocasiones, su presencia parecía la pequeña recompensa por otro asqueroso día de vida y por ello agradecía profundamente a quien quiera que había hecho que sus destinos se encontraran.
Pero ni aquella criatura tan bella podía rescatarlo del mar en que se había hundido sin saber nadar. Deseó, más que su cuerpo incluso, la compañía que pudiera darle, a sabiendas de que no le causaría dolor su partida y podría llevarse el calor de su cuerpo y el brillo de sus ojos como las pocas cosas positivas que le había dejado la vida.
Eso pensaba mientras su lengua exploraba de nuevo los pezones del azabache, antes de bajar lentamente por su estómago dejando un leve rastro de saliva y comenzar la tarea de bajarle la cremallera.
Con las manos aún aferradas al colchón, el ojiazul abrió la piernas para facilitar su acceso a la ropa interior, luego de deshacerse del pantalón de forma maestra. Sintió como el castaño frotaba levemente su miembro y un espasmo de placer le entumeció las piernas, haciendo que su vista se nublara y buscara todavía más apoyo en el mueble bajo suyo.
Un susurro y la última prenda salió de su cuerpo, dejándolo avergonzado unos instantes mientras el de ojos cafés lo contemplaba de arriba a abajo. No era un inexperto, y aun así debajo de aquella persona, que lejos de lo que esperaba lo veía como un tesoro muy valioso, se sentía como un crío de quince años queriendo hacerse el valiente.
Una extraña idea acudió a su cabeza. Si pudiera, entre todas las personas que había conocido en su vida, incluso entre todas las personas del mundo, elegir a alguien a quien estaba seguro que lo protegería toda la vida, definitivamente los brazos que aferraban sus hombros y los labios que atraparon suavemente los suyos serían los elegidos.
Comenzaron un lento vaivén de caderas, que se aceleró más conforme crecía el deseo. El castaño aún tenía toda la ropa puesta, por lo que el ojiazul le indico con un gesto que se acercara para poder deshacerse de la playera, mientras aprovechaba para acariciar sus músculos marcados y el vello de su pecho.
Se deshizo de sus pantalones con un rápido tirón y continuaron la batalla de lenguas. El bóxer quedó en el olvido al lado de la cama y sintieron un golpe de éxtasis al frotar sus erecciones presurosos. Ambos llegaban a su límite.
El pelinegro se llevó una leve sorpresa al sentir un dedo invadiendo su entrada, para después notar de nuevo esa gran delicadeza que, sin que se diera cuenta, había tomado una parte de su incierto corazón.
Cuando el ojiazul comenzó a removerse en busca de más contacto introdujo el segundo dedo, mientras su boca viajaba a los lados del albino cuello. Un tercer dedo y unieron sus labios de nuevo, quedando entre ellos un hilillo de saliva que el de ojos cafés cortó con la lengua.
Sus piernas fueron elevadas hasta quedar en los hombros del castaño. Lo introdujo cuidadosamente, como temiendo romperlo. Acto seguido y con la misma parsimonia comenzó a moverse, pero el cúmulo de sensaciones era tan grande que cada vez lo hizo con más rudeza.
Los jadeos no se hicieron esperar de parte de ambos. El azabache gritó cuando tocó su punto exacto y no lo soportó más, corriéndose entre ambos vientres.
Por su parte, al sentir cómo se contraía el interior del albino una gloriosa sensación apareció desde su bajo vientre y sin poder evitarlo se corrió dentro de él.
Sin fuerzas se tumbó a su lado, todavía con  espasmos de placer recorriéndolo. El ojiazul estaba en las mismas condiciones, sintiéndose realizado por primera vez en su vida. Una plenitud donde el sexo era solo una parte, la persona que estaba a su lado y su respiración entrecortada componían el resto. Sentía que el cansancio comenzaba a invadirlo, sus párpados cerrarse conforme la últimas olas de placer abandonaban su cuerpo. Sintió la necesidad de acurrucarse en el brazo ajeno, buscando aquella sensación que deseaba jamás desapareciera. Masajeó levemente los músculos de su pecho, con el miedo latente de que él apartara su mano, pero no lo hizo. En vez de ello solo acomodó mejor a su compañero en su brazo y cerró los ojos.
No había planeado dormir, pero sentía tanta paz con el aroma del pelinegro envolviéndolo, así como su cuerpo dándole el calor que le faltó toda su vida, que antes de darse cuenta el sueño lo inundó, arrancándole la máscara que trajo puesta todo el tiempo para revelar el cansancio de una persona harta de vivir.
Cuando esto ocurrió, el joven ojiazul recordó el por qué aquel rostro se le hacía tan familiar. Había pasado muchas veces en la esquina que le tocaba, aunque no se habría percatado de ello si sus ojos no le perforaran la nuca tan seguido. Entre el coqueteo casual y el cuidarse de la policía no le permitieron grabar en su memoria el rostro de su acosador, aunque a estas alturas había dejado de importarle.
De cuando en cuando, no podía negar que esos ojos le provocaban un agradable cosquilleo en el pecho, lo que después dio paso a noches en las que despertaba confundido, recordando que unos segundos atrás unos profundos ojos cafés lo observaban.
No les temía, había una extraña familiaridad en ellos, pero el sueño siempre era el mismo. Corría en un intento por alcanzarlos, por llegar a esa persona antes de que abriera el suelo bajo sus pies y cayera al vacío. Nunca había terminado el recorrido a tiempo.
Y ahora, que estaba en sus brazos, la idea de su partida le golpeó como un mazo de lleno al pecho. Su corazón latió frenéticamente por el recuerdo de lo que el castaño pensaba hacer con su vida. Una noche, una sola noche de sexo, eso había bastado para hacerle dudar sobre su escasa voluntad inicial. Ayudarle a matarse dejó de ser una opción, algo que no podía permitir. Es más, la evitaría si estaba en su poder, se iría ahora mismo para no ser su cómplice.
¿Pero eso qué le garantizaba? Bien podría inyectarse solo. Y moriría justo como, al parecer, no quería que fuera. Sin nadie a su alrededor para recoger su cadáver, o mínimo velar por el y largarse antes de que el olor rancio alertara a la anciana recepcionista. Posiblemente era la razón de que estuviera allí ahora. ¿Por qué él entre todos los demás? Tantas personas por las que alguna vez pasó y aún así su toque resultó tan familiar...
Se equivocaba, ellos no habían tenido sexo, habían hecho el más puro de los amores. No sólo había entregado su cuerpo, sino que de alguna manera su alma lo acompañó, y ahora estaban con el castaño.
¿Por qué justo ahora, cuando al otro ya no le quedaba nada?
¿Podría, después de todo, hacer de aquella situación un cuento de hadas en el que pudiera rescatarlo de la oscuridad? ¿Sería el rival para aquello que carcomió su corazón hasta las entrañas?
La respuesta era obvia, y aunque le doliera, la persona a su lado, que ahora respiraba tranquilo mientras su pecho se movía acompasadamente, se iría a más tardar en unas horas.
Intentó calmarse, no podía hacer nada él respecto y bien lo sabía. Puso una mano sobre el pecho del de ojos cafés y cerró los suyos, sintiendo, contando las respiraciones del otro como si fuera cuenta regresiva, con el marcador a punto de terminarse. A pesar del dolor de sus pensamientos, el calor de sus brazos, el aire caliente que salía de su nariz y le hacía cosquillas, así como los sonidos lejanos de la aves que comenzaban a despertar lo envolvieron en la penumbra. Y lo último que pudo pensar antes de caer rendido era tres palabras muy simples que para él, de alguna forma, significaban todo.
No te vayas.

Una noche. Una noche de sexo lo había hecho dudar.
Despertar con aquel calor a su lado, aquellos ojos que recordaban al mar, sus cabellos negros y sudorosos cayendo sobre su frente, la piel desnuda brillando a la tenue luz del amanecer.
No creyó que aquella persona tuviera tal significado en tan poco tiempo. Lo que creyó deseo nunca fue tal, sino algo más profundo que sin darse cuenta se había instalado en su corazón de forma permanente. Deseó poder despertar así todos los días y no en un catre solitario deshecho por el tiempo. Poder bajar a hacer un desayuno en vez de desear que la leche no supiera tan mal por tantos días que llevaba fuera de un refrigerador. Subir después de nuevo a la habitación para despertar a aquel ser con un tierno beso en los labios y que correspondiera antes de estar totalmente despierto. Tal vez lo regañaría por no despertarlo antes, o lo invitaría a ducharse juntos en la regadera. Tal vez durante las tardes, después de una jornada de trabajo satisfactoria, se quedarían acurrucados en el sillón de dos plazas con tazas de café en mano y viendo la televisión o leyendo un libro. Puede que le dijera cosas tiernas al oído, y aunque todo sonaba demasiado cursi, su corazón se llenó de una falsa dicha que lo embargó por unos segundos antes de que la realidad apagara la flama de su esperanza.
Él era un desempleado a punto de suicidarse, el chico a su lado un prostituto de los barrios bajos. Su relación era tan imposible, que ni ese amor misterioso nacido de miradas, suspiros y la noche perfecta podrían cambiar algo.
Por lo que, si de verdad estaba dispuesto a morir, el momento era ahora.
Ahora, para que cuando sintiera los golpes de la muerte en todo su sistema pudiera despertarlo, para que le dedicara la más tierna de las miradas. Porque aquella persona también lo quería, lo supo por sus ojos, su voz y su tacto. Lo supo cuando sus labios se juntaron por primera vez, cuando su rostro mostró preocupación al contarle de sus planes. Lo supo cuando, unas horas antes, el pelinegro sin saber que estaba despierto había dicho las palabras más bellas dedicadas a su persona.
No te vayas.
Lamentaba tener que hacerlo sufrir eso, pero él no tenía nada que ofrecerle. No había futuro para ellos juntos y cambiarlo no estaba en sus manos. El ojiazul continuaría, probablemente en algún momento tendría oportunidades de crecer como persona. Se juró que, donde quiera que estuviera en aquel momento, se sentiría orgulloso. Por ahora y como última voluntad, solo deseaba su compañía.
Se levantó de la cama para tomar la aguja, pero antes de enderezarse completamente sintió un fuerte agarre en su muñeca. Sintió su voluntad venirse abajo, aún con tanta resistencia puesta, e iba a decir algo cuando aquella voz fina y suplicante le interrumpió.
_Quédate un poco más.
Sonrió, se maldijo a sí mismo, al mundo, al universo entero y finalmente a aquel chico.

Asintió y volvió a recostarse pensando que, si los últimos días de vida siempre eran así, no tenía ningún problema en vivir cada día como si fuera el último.

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